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Indignación (Opinión)

ACTA DIURNA

MARIO HERNÁNDEZ
Son chingaderas. La gente ha llegado al grado de ser tan nefasta y degradante como un asaltante.
Hay situaciones intolerantes. El asalto y el robo, son dos de ellas. Y quizás algunos los manejen como sinónimos, pero no lo son.

Un asalto –al entender de un servidor-, es un atraco cometido con un arma, por una o varios mafiosos y en éste acto, la mayoría de las veces, hay violencia.
En un robo, no siempre hay violencia, incluso a veces ni se da uno cuenta de que ya nos robaron, pues éste flagelo se caracteriza por la discreción de los malandrines.
Hay ocasiones en que estos delitos duelen mucho más, cuando no precisamente le sucedieron a uno mismo. Este es el caso de un servidor y más que opinión, manifiesto en este espacio una queja hacía las autoridades capitalinas, en específico, a las corporaciones encargadas de salvaguardar la integridad de todo ciudadano: la policía.
Pero también hago unas recomendaciones que no está por demás seguirlas para evitar el susodicho “la ocasión hace al ladrón”.
El pasado sábado 15 de marzo, en Sullivan, caminando por el monumento a la madre, asaltaron a mi esposa. Le quitaron su cámara profesional fotográfica Cannon, que tanto esfuerzo le costo comprarse.
La indignación no es sólo porque no había un policía cerca –como siempre- para pedirle ayuda, sino porque la gente que merodeaba el lugar y vio el incidente, no hizo nada para auxiliarla.
Un imbécil de esos que atacan por la espalda, le jaló el bolso a una señorita, que sin deberla ni temerla, cayó al suelo, aferrándose a su equipo fotográfico. El asaltante la aventó y se llevo un bien personal ajeno.
Hay muchas interrogantes:
¿Dónde está la policía cuando se le necesita?
¿Por dónde circula el centenar de patrullas del Gobierno capitalino?
¿Por qué la gente es así? Tanto el ladrón como el espectador de un acto delictivo y no alza la voz o extiende la mano.
¿Dónde han quedado los valores de los mexicanos?
¿La unión sólo es cuando juega la selección mexicana o se disputa un clásico?
¿Acaso no hay cámaras de vigilancia de vanguardia en la ciudad más grande del mundo y la de mayor PIB del país, es decir, el Distrito Federal, cómo las hay en un municipio llamado Atizapán de Zaragoza?
¿Hasta cuando los perredistas controlaran la delincuencia y corrupción en el DF?
¿En manos de quién está nuestra seguridad?
¿Y las leyes sobre seguridad y justicia, dónde están?

Son chingaderas. A ninguna de estas preguntas hay respuesta clara. Son tan oscuras como lo es la contaminación en la ciudad de México. Pero hay cosas que uno puede hacer y son las que nos han transmitido nuestros padres:

Fijarse bien quién camina a tus espaldas.
No transitar por lugares solitarios y oscuros.
Caminar por donde vaya mucha gente.
No portar accesorios ostentosos en calles inseguras.
No exhibir por mucho tiempo la cartera, el monedero o el interior de un bolso.
Caminar en sentido contrario de la circulación vial.
No platicar con extraños ni dar informes a desconocidos sospechosos.
Transitar lo menos posible por callejones.
Subir en taxis libres y de base, que estén en regla.
Observar con detenimiento a los que nos rodean.
Andar por lugares luminosos.
Estar alerta ante los movimientos extraños.
Procurar ir acompañados cuando cargas cosas de valor.
No andar mucho tiempo en la calle con objetos de valor.
Llamar de forma anónima a la policía cuando veas un acto delictivo o sospechoso.
Ayuda a quien lo requiera cuando no haya ningún peligro.

Son muchas más las recomendaciones, pero ninguna servirá si no recuperamos nuestros valores y ayudamos o enfrentamos juntos, a quienes nos dañan. Un exhorto y reflexión a mis lectores y a nuestras autoridades.

periodistahernandez@gmail.com