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Secuestro, abuso sexual y robo en transporte público

SOCORRO VALDEZ

Rocío estaba parada en la calle …de la colonia Palmillas, en Iztapalapa. Esperaba el transporte público, iba a recoger la ropa que llevó a lavar y aunque no era muy tarde -6:45 del viernes 24 de septiembre-, porque todavía había luz del día, prefirió tomar un taxi.

Su espera no fue larga, llegó el servicio, era un VW guinda, con dorado, con los colores que identifica al nuevo taxi, pero tenía algo diferente, no traía la figura del Ángel de la Independencia en su carrocería ni su tarjetón que identifica al chofer.

Sin embargo, aquella menuda jovencita de 19 años, igual que muchos, ni tenía cuidado de verificar que no fuera “pirata” ni le dio importancia, aunque también infinidad de veces escuchó historias de secuestros, y lo abordó.
De inmediato, le indicó al chofer –un regordete, de pelo negro largo, rizado y tez morena- a dónde la llevaría. No habían transcurrido unos minutos, cuando su celular sonó, lo sacó del bolso y contestó –era su esposo-.

Con él intercambió unas palabras, colgó de inmediato y siguió dando instrucciones al taxista, aunque notó que el sujeto tomaba otro camino.

-¡No, por ahí arriba no es, es por abajo, dónde me lleva! Le dijo aquella mujer, que tenía todavía aspecto de niña.
Sin responder, el chofer de inmediato estiró su mano derecha y la tomó de los cabellos, la jaloneó, forcejearon y la tiró al piso. El seguía el trayecto y comenzó a golpearla, a manosearle los pechos, a gritarle: “¡¡Cállate hija de puta madre, ya valió verg..!!”

Le quitó el teléfono y la seguía insultando, pegándole en los brazos. Por la mente de Rocío no había otro pensamiento más que escapar, pero no veía cómo. El hombre era muy corpulento y la tenía dominada.

Rocío sollozaba, le pedía la dejara bajar, pero él no hacía otra cosa que golpearla con una mano y manejar con la otra. La insultaba constantemente. Le profería mentadas de madre y vulgaridades.

“Yo sólo sentía que me llevaba por una calle empedrada, porque retumbaba el carro. Insistía en meterme las manos debajo de la blusa. Yo me jaloneaba, pero me seguía golpeando, mi brazo izquierdo me dolía, no aguantaba un golpe más y como pude me recosté totalmente en el piso.

Ahora me golpeaba la espalda, el cuello y seguía diciéndome – ¡Cállate, hija de tu puta madre!-

Así me trajo, casi nueve horas. Lo veía de reojo y en un momento que volteó para dar una vuelta, alcancé la manija y abrí la puerta, se frenó bruco para detenerme, pero la puerta se abrió totalmente, me jalé y baje.

¡Corrí, corrí, corrí con todas mis fuerzas!..Hizo intento de alcanzarme, pero llegué a una gasolinera y pedí ayuda, se fue, no sé a dónde me llevaba, pero habían pasado nueve horas del secuestró.

Le pedí a un viejito tres pesos para llamar a mi esposo y avisarle que me habían secuestrado. No me creía, pero me los dio y como nadie contestaba, tuve que pedirle otros tres pesos para llamar al celular.

Se me hacía eterno que no contestara y sentía que estaba a punto del desmayo, pero sabía que tenía que aguantar, porque tal vez estaría por ahí rondando y en espera de un nuevo descuido.

¡Jorge, ven por mí!, estoy por la Vocacional 7, ahí te espero, tengo miedo, mucho miedo, me asaltaron, me golpearon, no tengo dinero para regresar. Se quedó mudo, colgó, y me vino a buscar”.

LA PESADILLA NO TERMINABA

Rodeada de sus familiares, Rocío llegó a su casa en crisis nerviosa, casi no podía hablar y estaba a punto del desmayo. No quería ir al médico, no quería denunciar, no quería nada ni recordar cómo era el tipo ni qué características tenía el taxi, sólo deseaba acostarse, dormir y olvidar.

Las preguntas le retumbaban en la cabeza – ¿Te violó, de verdad dinos si te violó, qué te hizo, fueron nueve horas?..
“¡No!..¡No!..Sólo me tocó los pechos, me pegó, me insultó y me robó, me le escapé”.

Nadie le creía, por su actitud parecía que había abusado de ella. No quería denunciar, pero se le convenció y partieron a la Agencia del Ministerio Público IZP-7, estaban cerca y la atendió una mujer de la unidad uno con detenido.

Llegaron a las 3:30 de la madrugada del sábado.

La angustia de sus familiares, el dolor que sentían, la impotencia y la rabia, se acrecentaron en ese lugar por la actitud del personal que debería procurar justicia y abatir la impunidad.

Después que Rocío les narró los hechos sola, sin que la acompañara un familiar, porque los sacaron, secamente le dijeron: “¡No te toca aquí, el delito fue allá y allá debes ir!-

La necesidad de atención inmediata era evidente, iba muy mal, y la mandaban a media hora de donde estaban y a buscar dónde era, pero eso, era lo que menos le importaba a los empleados de la agencia.

Entré y enfrenté a la funcionaria –nadie traía gafete- no sabía con quién trataba, ahora sé que es Martina Morales. Ella y otros dos empleados preparaban su salida antepuse mi profesión -reportera- para que me escuchara.

Le advertir su obligación de levantar la denuncia, sin importar el lugar donde sucedió el hecho, pero sin dejar el teléfono para atenderme, se puso de acuerdo para irse y con señas me dijo esperara.

Lo hicimos y mandó que la viera el médico legista –también mujer- la cual, pese a los evidentes moretones, la hinchazón en los brazos, la crisis y su mala condición psicológica y física en general, sólo dijo: “No son heridas graves y tardan en sanar menos de 15 días” –no le dio certificado médico, pero recomendó la herbolaria, un té de árnica-.

Nosotros le habíamos comprado un calmante, y de inmediato le dimos la atención que requería, mucha comprensión y sobre todo apoyo- ahora buscábamos lo necesitábamos de un médico y de una autoridad que imparte justicia.

Nos hicieron esperar otras dos horas y media, porque salieron como tenían planeado los tres trabajadores que estaban en esa agencia y ésta quedó vacía, por lo menos visiblemente.

Antes, para justificar que nos atendieron, nos llevaron un libro para registro y unas hojas para elaborar la denuncia de hechos, los cuales, no tardamos ni quince minutos en llenar. Sólo faltó dirección exacta y calificar los delitos –dimos ubicación aproximada, fácilmente identificable, Ermita Iztapalapa, frente a la Vocacional número 7, por el rumbo de la penitenciaría Santa Martha-.

Ese error no era válido, el tipo que salió a atendernos media hora después, pidió molesto poner colonia y calles exactas, comenzó a presionarla y obligó a dar número de placas del vehículo y por dónde la traía. Ella no vio ni sabía los datos –iba en el piso boca abajo, recibiendo golpes, insultos y manoseos, explicó-, pero ese mal llamado servidor público no comprendía o no quería comprender.

Yo seguía todo tras un cristal de la oficina. Sólo alcanzaba a ver que mi sobrina decía con dolor: “¡¡No sé, no sé, no vi, me iba golpeando, me insultaba!! Y éste la seguía obligando a que dijera lo que le pedía.

El colmo fue cuando la llamé a ver qué pasaba y ella salió llorando para decirme, ahora quiere que califique los delitos que denuncio –ella sólo terminó la primaria-

Entré nuevamente molestas a la oficina, porque me había sacado -¡Sólo la denunciante, salga usted!”- advirtió-, pero le exigí no presionarla ni acrecentar su crisis, pedí su nombre –me dio un falso, Abraham Rosas, se llama –según una foto del personal, que estaba pegada en ese cristal, Gerardo Javier Ramírez- tomé el teléfono rojo y denuncié.

Atendió, dijo el visitador, Javier Ramírez, coincidencia, los dos eran Javier y Ramírez, lo llamaron –al menos así pareció- y nuevamente mintió, pero siguió presionando para dirección exacta, colonia y tipo de delitos.

Con despotismo la mandó a la oficina de la judicial a ubicar en el mapa, las calles, y la colonia –lógico no había ningún judicial-. Regresó con ese empleado y la siguió presionando “No puedo hacer nada, sin dirección exacta”, argumentaba.

Mientras mandé a una persona a investigar, trajeron los datos, y le hice señas a mi sobrina para que saliera por ellos, se los escribí en la hoja y califiqué los delitos que a mi parecer eran –secuestro o privación ilegal de la libertad, lesiones, abuso sexual y robo en transporte público, modalidad taxi-.

La volvieron a llamar y comenzó a trabajar, eran casi las 6:30 del sábado, levantó el acta FIZP/IZP-7/T1/01923/10-09 sólo por robo. Salimos de ahí a las 7:15, después que le dio unas hojas, sin orientación de qué hacer, las revisé, eran para acudir a periciales a valoración y un citatorio para ratificar denuncia, llevar testigos, comprobar lo robado y aportar más datos.

Estábamos abatidos, ella no quiso saber más, la llevé a descansar y sigue mal, mientras ayer compareció el procurador, Miguel Ángel Mancera ante un grupo de asambleístas, que tal vez ni sepa del caso, pero esto es para que otras posibles víctimas tengan cuidado en los taxis que abordan, verifiquen que traigan tarjetón, y sean unidades nuevas, para que no se dejen sorprender ni por delincuentes ni por empleados que se dicen servidores públicos.