México vive una degradación evidente: el poder se burla, la justicia simula y los derechos —humanos y animales— se pisotean.
Uno.- Mientras el país acumula masacres, desaparecidos, hospitales sin medicamentos y regiones enteras bajo control criminal, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó como “gran noticia” haber enviado una carta para traer más conciertos de K-Pop. Ni una palabra de duelo por las 11 personas asesinadas en Guanajuato durante un partido de fútbol. El mensaje es claro: el espectáculo importa más que la sangre.
Dos.- La Suprema Corte gastó más de 15 millones de pesos en camionetas blindadas de lujo. Cuando fueron exhibidos, fingieron recato: no las usarán, pero tampoco devolverán el dinero. Austeridad para el discurso, privilegio para la élite. En paralelo, un juez ordenó devolver el predio del Refugio Franciscano, donde sobrevivían cerca de 800 animales. El gobierno de Clara Brugada decidió ignorar la resolución. Muchos perros y gatos ya murieron. Ni la ley ni la vida importaron.
Tres.- Rosario Ibarra, presidente de la CNDH presentó su informe 2025 presumiendo una defensa de derechos humanos que nadie ve. No hay condena firme contra abusos militares, ni exigencia por la falta de medicamentos, ni respaldo a madres buscadoras, campesinos o camioneros, víctimas de masacres o periodistas perseguidos y asesinados. La Comisión que debería proteger, calla. Y quien calla, es cómplice.
Este país no vive una crisis aislada: vive un fracaso moral del Estado. Aquí los derechos se administran según conveniencia política, la justicia se compra y la vida —humana o animal— es desechable.
Pero el poder olvida algo: el 2027 se acerca. Y cuando no hay derechos ni justicia, la respuesta social deja de ser el voto y se convierte en castigo.
El hartazgo ya no pide explicaciones. Pide su salida!!
























