Cuando un gobierno pide que se publique menos violencia, no está protegiendo a la sociedad: está protegiendo su ineptitud. En la Ciudad de México, bajo el gobierno de Clara Brugada Molina, el llamado a “bajar la nota roja” es una confesión involuntaria: el poder perdió el control de la seguridad y ahora intenta administrar el silencio.
Mientras el gobierno pide moderación, la ciudad sangra.
La extorsión es práctica cotidiana. Los negocios pagan para seguir abiertos. El transporte público es territorio de asaltantes. Caminar, manejar o trabajar implica riesgo permanente. Las ejecuciones y masacres ocurren a plena luz del día y dejan huérfanos y viudas que no entran en los discursos oficiales. Para esta administración, el problema no es la violencia: es que se cuente.
La responsabilidad política es clara y tiene nombres.
Clara Brugada gobierna una ciudad donde la seguridad se ha vuelto propaganda, no política pública. Y su principal operador en la materia, Pablo Vázquez Camacho, titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, no está ahí por resultados ni por mérito, sino por lealtad. Su nombramiento no responde a eficacia probada, sino a su condición de cómplice incondicional de Omar Hamid García Harfuch, hoy secretario de Seguridad federal. En la Ciudad de México, la seguridad no se dirige: se hereda entre leales.
El resultado es previsible: una policía sin rumbo estratégico, una persecución del delito reactiva, una extorsión que avanza porque es rentable y una impunidad que se consolida porque nadie paga costos políticos. Las cifras se acomodan, los informes se maquillan y la violencia se normaliza.
El problema no es la nota roja, es la ausencia del Estado de Derecho.
Menos denuncias no significan menos delitos; significan más miedo. Menos titulares no significan más seguridad; significan menos rendición de cuentas. Pedirle a la prensa que baje el tono no reduce la violencia: la encubre. La nota roja no mata; mata un gobierno que no investiga, no previene y no castiga.
Y hay algo que este bloque de poder parece olvidar: 2027 está cerca. La sociedad no es ingenua ni amnésica. Vive la inseguridad, la padece, la paga. No votará por narrativas ni por lealtades internas. Votará por castigo.
Morena y sus gobiernos locales no enfrentarán a los medios, sino a las urnas. Y ahí no habrá control del mensaje, ni pactos de silencio, ni subordinados que oculten el monumental desastre.
* Callar a los medios no detendrá ajusticiamientos. Gobernar, tal vez.
* Mientras Clara Brugada Molina clama silencio, la ciudad sangra.
* Si no sabe hacerlo, el pueblo los sacará del poder en 2027 y el 2030… al TIEMPO!!























