TEXTO ÍNTEGRO: Clima Extremo modifica AGRICULTURA en el MUNDO; mientras PRODUCCIÓN del CAMPO cae alrededor 20%

Hoy, casi la tercera parte de la población mundial —unos 2.600 millones de personas— no puede permitirse una dieta saludable, cuyo coste ha aumentado de manera significativa en los últimos cinco años.

El cambio climático modifica la realidad de los productores rurales en distintas regiones. La frecuencia y la intensidad de los eventos extremos, como sequías y lluvias abundantes, crecen año tras año. Los agricultores, que trabajan la tierra y dependen del clima, buscan alternativas para sostener la producción y minimizar los riesgos.

En relación a un estudio publicado por la revista científica Nature que advierte que la producción mundial de cultivos podría reducirse hasta un 20% por el cambio climático, el ingeniero agrónomo e investigador y extensionista del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), Diego Chifarelli, explicó a Infobae cómo esta realidad ya se observa:

  • “Los eventos climáticos extremos, como sequías prolongadas y lluvias intensas, hoy resultan más frecuentes y más intensos”. Esta situación obliga a los productores a modificar sus estrategias de manejo y adoptar nuevas prácticas para enfrentar el impacto en los cultivos.

El impacto climático en los sistemas agrícolas

A partir de estas condiciones, los productores de la región ya implementan cambios concretos en sus sistemas agrícolas. Por un lado, buscan reducir los daños directos que provocan las lluvias torrenciales y las olas de calor sobre los cultivos. Por otro lado, intentan garantizar la estabilidad del rendimiento a pesar de la variabilidad climática.

  • Según el experto, las sequías se vuelven más graves. Las lluvias, menos previsibles y, muchas veces, más intensas. La temperatura aumenta y genera condiciones que complican el ciclo de los cultivos.
  • Estos cambios tienen consecuencias directas sobre la producción: “Un periodo de sequía prolongado puede reducir la cosecha a la mitad o provocar la muerte de las plantas”, señaló Chiafarelli a este medio.

Por esta razón, los especialistas insisten en la necesidad de actuar rápido. El suelo necesita protección constante para evitar la erosión y conservar la humedad. Una de las prácticas más utilizadas consiste en mantener la cobertura vegetal durante todo el año. Esto limita la evaporación del agua y facilita la infiltración cuando llueve.

  • Además, el ingeniero remarcó que la incorporación de árboles en los campos mejora la situación de los cultivos frente al calor y la falta de agua. “Los árboles generan sombra y bajan la temperatura del suelo.
  • Así, las plantas sufren menos y se pierde menos producción”, afirmó el entrevistado. Esta estrategia cobra relevancia en cultivos como la yerba mate, pero puede aplicarse en otros sistemas productivos.

Herramientas para mitigar las pérdidas

Sumado a la cobertura vegetal y la plantación de árboles, los expertos recomiendan mantener el suelo cubierto con pasturas o restos vegetales. Esta medida, sencilla y de bajo costo, reduce el impacto de las lluvias abundantes y evita la formación de superficies impermeables. Al mismo tiempo, ayuda a conservar el agua en el suelo y limita su evaporación.

  • Otra opción para los productores, aunque más costosa, consiste en instalar sistemas de riego suplementario. Estos sistemas permiten abastecer los cultivos con agua durante las sequías prolongadas y aseguran la continuidad de la producción. “El riego suplementario protege la cosecha cuando las lluvias no alcanzan”, recomendó.

Frente a este panorama, las acciones de adaptación son prioritarias. Las medidas buscan que los sistemas productivos resistan los efectos del clima y puedan recuperarse con rapidez. Las instituciones internacionales, como el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), organismo científico internacional, avalan estas estrategias y recomiendan su aplicación en todas las regiones afectadas.

Avances y desafíos en la adaptación agrícola

El cambio climático deja de ser una discusión teórica y se convierte en una preocupación cotidiana para quienes trabajan la tierra. Si bien existen voces que niegan el fenómeno, la prueba científica confirma que la temperatura global aumenta y que los eventos extremos ya modifican la producción agrícola.

  • En este sentido, el especialista consultado por Infobae precisó: “La adaptación es la única salida para que la agricultura siga activa frente a un clima impredecible”. La región enfrenta desafíos crecientes y la respuesta de los productores influirá en el futuro del sector.
  • Las recomendaciones prácticas, como la cobertura vegetal, la integración de árboles y el riego suplementario, ya se aplican en la región y muestran resultados positivos. El objetivo es mantener los suelos fértiles, conservar el agua y reducir las pérdidas por eventos extremos.

La capacitación de los productores y la adopción de nuevas técnicas resultan necesarias. El acceso a información y asesoramiento técnico permite tomar decisiones informadas y anticiparse a los riesgos. Los especialistas destacan el fortalecimiento de las redes de cooperación y el intercambio de experiencias entre agricultores.

La era de la escasez

El pasado mayo dimitió el ministro japonés de Agricultura por comentar que nunca compraba arroz porque se lo regalaban sus simpatizantes. La petulancia de Taku Eto no habría generado tanto malestar social si no fuese porque el arroz escasea en el país y su coste se ha duplicado en pocos meses.

  • Japón atraviesa una severa crisis con este grano básico en la dieta de su población, al punto de que el Ejecutivo ha liberado 500.000 toneladas de las reservas nacionales para frenar el aumento de los precios.
  • Entre las causas principales de este escenario están el cambio climático, el miedo a los desastres naturales y la presión del turismo de masas.
  • A las elevadas temperaturas e intensas lluvias que han menguado la producción de arroz, y las compras de acopio de este grano en 2024 por la amenaza de un terremoto, se suma el notable incremento de visitantes extranjeros ávidos de comer sushi.

No es un mero dato de color. El año pasado, casi 37 millones de personas visitaron Japón, una cifra récord que se prevé aún mayor para este año y lleva al límite la capacidad del país para hacer frente a la demanda de alimentos y servicios.

  • El ideal de la abundancia, la hiperdisponibilidad alimentaria y el crecimiento continuo chocan de frente con la realidad. Está ocurriendo en Brasil, principal exportador mundial de café, donde la producción de la variedad arábica ha caído en los últimos años, mientras la demanda global no para de crecer, como su precio.

Ha ocurrido en la capital de Uruguay, que en 2023 se quedó sin suministro de agua potable pese a que el país posee una extensa red hidrográfica. Y sucede también en México, cuya producción de maíz blanco ha mermado y ya no alcanza para cubrir la demanda interna.

  • Según el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GCMA), las importaciones de este cereal desde Estados Unidos aumentaron un 168% en el primer trimestre de 2025. Punzante ironía: en la tierra de los hombres de maíz, el complemento de moda este año es el cinturón maicero norteamericano.

Los alimentos se encarecen 37% por el impacto del cambio climático

El cambio climático se ha consolidado como una de las principales amenazas para la seguridad alimentaria global.

  • Sequías prolongadas, inundaciones y olas de calor extremas están afectando los cultivos básicos, reducen la productividad agrícola y provocan un alza sostenida en los precios de los alimentos.

Esta tendencia impacta especialmente a la población más vulnerable, que se ve forzada a modificar sus hábitos de consumo hacia opciones menos saludables.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), los efectos del cambio climático ya se reflejan directamente en los mercados:

  • Los precios globales de los alimentos han aumentado 37% desde 2015, lo que afecta con mayor fuerza a los países con altos niveles de pobreza, donde una mayor proporción del ingreso se destina a la alimentación.

“Los efectos negativos del cambio climático sobre la seguridad alimentaria y la nutrición socavan la capacidad de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Además, generan una cascada de repercusiones que afectan desde los agroecosistemas hasta los medios de vida, con consecuencias en las esferas climática, ambiental, productiva, económica y social”, destaca la FAO.

  • Montserrat Benítez, líder de Sustentabilidad y Asuntos Corporativos para Syngenta Mesoamérica, advierte que la principal preocupación a largo plazo es el estrés que el cambio climático podría generar en la cadena de suministro de alimentos, al punto de impedir producir las cantidades necesarias.
  • Además, las fluctuaciones abruptas en los ciclos de producción agropecuaria provocadas por el clima generan serias consecuencias para la seguridad alimentaria global. “La gran mayoría de la agricultura en el mundo es de temporal, lo que significa que depende totalmente de las lluvias y de su cantidad exacta.
  • En el pasado, los agricultores tenían fechas muy claras y marcadas para los eventos climáticos (como el Día de San Isidro Labrador, que marcaba el inicio de las lluvias). Hoy, los productores tienen cada vez menos posibilidad de prever esos periodos”, explica la directiva de Syngenta Mesoamérica.

Benítez subraya que, aunque todos los cultivos se ven afectados, una crisis en los granos y cereales como maíz, trigo, cebada, arroz y soya, tendría un impacto mucho más profundo. Estos productos no solo son el sustento principal de poblaciones enteras, como el maíz en México, sino también la base de la alimentación del ganado (cerdos, pollos y vacas).

Por su parte, Braulio Valenzuela, country manager de Cheaf en México, señala que el impacto social también es determinante al analizar los efectos del cambio climático en el sistema alimentario.

  • La menor disponibilidad de alimentos y precios más altos empujan a familias vulnerables a optar por productos baratos y ultraprocesados, generando un aumento simultáneo de la desnutrición y la obesidad, conocido como doble carga de la malnutrición.
  • “La idea de que el cambio climático es algo que ocurrirá en el futuro, como en la película El día después de mañana, es equivocada. La industria alimentaria es la primera que resiente estos cambios, y estos ya están ocurriendo.
  • Hay menos disponibilidad de alimentos frescos y de calidad, como frutas, verduras y legumbres, mientras la producción de ultraprocesados (como las frituras) no se detiene”, agrega Valenzuela.

El clima y su efecto bumerán

La producción global de alimentos es una de las principales causas del cambio climático, pero también sufre sin piedad sus consecuencias. Un modelo con efecto bumerán.

  • Según constata el Informe de la Nutrición Mundial, publicado en 2021, los actuales sistemas productivos “generan más de un tercio (el 35%) de las emisiones de gases de efecto invernadero” y contribuyen al calentamiento de la Tierra, pero ese mismo aumento de temperatura desencadena fenómenos violentos que arrasan ecosistemas marinos, secan campos de cultivo, hielan zonas tropicales o anegan las ganaderas.

Apenas un grado Celsius puede marcar la diferencia entre la sostenibilidad alimentaria y un escenario de hambre.

  • El estudio Los impactos del cambio climático en la agricultura mundial y su relación con la adaptación, publicado en junio de este año en la revista Nature, calcula que el aumento de la temperatura media global en 1°C reduce la producción de alimentos a razón de unas 120 kilocalorías diarias por persona.
  • La investigación destaca que el calentamiento global impondrá pérdidas significativas en los cultivos básicos y que los impactos no se distribuirán de manera uniforme: afectarán, sobre todo, a las principales regiones productoras actuales. El empobrecimiento de los suelos es uno de los grandes desafíos. Sin cosechas sanas y suficientes no hay comida para las personas ni los animales.

En la región mediterránea, donde la temperatura aumenta más deprisa que en el resto del mundo y el riesgo de desertificación y degradación del suelo está bien documentado, los efectos del cambio climático amenazan la seguridad y la soberanía alimentarias.

Más calor equivale a más plagas, menor biodiversidad, mayor riesgo de enfermedades zoonóticas y cosechas menos abundantes. Los pronósticos a medio y largo plazo son malos, y las primeras consecuencias ya se empiezan a sentir.

Dos crisis de identidad en el Mediterráneo

Se ha visto hace poco en España, el principal país productor de aceite de oliva en el mundo y uno de sus grandes consumidores. Aunque el llamado oro líquido es un producto habitual e identitario de su gastronomía, entre 2021 y 2023 se encareció a tal punto que, en las tiendas de alimentación y los supermercados, muchas botellas y garrafas lucían precintos de seguridad con alarma.

  • El precio, más que el aceite, estaba en boca de todos: más de diez euros por litro. Una sequía persistente, agravada por las olas de calor de unos veranos cada vez más largos, malogró las cosechas y mermó la producción de las almazaras.
  • También limitó el acceso de una parte de la población a esta joya nutricional. Solo en 2023, el consumo doméstico de aceite de oliva virgen extra cayó un 23,8% con respecto al año anterior.
  • La huella de la sequía es extensa y llega al otro lado del mar Mediterráneo, donde la pasada primavera deslució una de las celebraciones más importantes del Islam. Por primera vez en casi tres décadas, Marruecos canceló el Eid al-Adha, el sacrificio ritual de la Fiesta del Cordero.

La grave situación hídrica que atraviesa el país, el aumento de precios de productos como la carne o el trigo, la disminución del poder adquisitivo de la población y la escasez de ganado autóctono disponible para atender la demanda de la festividad le arrebataron al Estado norteafricano una parte central del evento. En junio de 2025, Marruecos celebró su Fiesta del Cordero sin cordero.

La sequía, la salinidad y el calor

¿Qué se puede hacer ante este panorama? ¿Qué se está haciendo, por ejemplo, en Europa? José Miguel Mulet, catedrático del Departamento de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia, tiene claro el camino:

  • “Primero, hay que invertir más dinero en investigación agraria, ganadera y alimentaria, porque este sector es básico; y segundo, es necesario poner unas normas regulatorias que permitan trabajar, además de garantizar la seguridad alimentaria y el respeto al medioambiente”.

Mulet, que investiga la tolerancia de las plantas al cambio climático desde hace 30 años, es crítico con el marco legal comunitario, que considera demasiado restrictivo.

  • “Si prohíbes uso de pesticidas, si no dejas que se siembren transgénicos pero permites importarlos, si no tienes un marco regulatorio aprobado para el CRISPR [una técnica de edición genética] mientras que el resto del mundo sí lo tiene, entonces vas a perder soberanía alimentaria porque te verás obligado a importar lo que podrías producir tú”.

​El reto que hay por delante es enorme. “Los principales efectos del cambio climático son el aumento de la sequía, de la temperatura y de la salinidad. Se está investigando mucho, pero los resultados hasta ahora son bastante escasos”, reconoce.

¿El motivo?

  • “Cuando una planta se enfrenta a una situación de sequía, de salinidad o de calor, se ven afectados muchos mecanismos, no uno solo. Encontrar la tecla específica que haga que la planta funcione mejor en esas condiciones, muchas veces no depende de un solo gen, sino de un sistema entero, de un conglomerado, y eso es más difícil de conseguir”.

El investigador pone un ejemplo:

  • “Entre las plantas transgénicas en el mercado, existen muchas que resisten insectos, muchas que resisten herbicidas y muchas a las que se les ha incrementado el contenido nutricional, porque todo eso se consigue con uno o dos genes. Ahora bien, no hay tantas plantas transgénicas que toleren la sequía.

Existe un maíz, que salió al mercado de Estados Unidos hace 10 años, y está el trigo HB4, que sacó una empresa pública argentina hace dos. Muy poco más”, detalla Mulet, aunque no es pesimista:

  • “Ahora tenemos mejores herramientas y más conocimiento. Si aumenta la inversión, probablemente van a salir muchas más variedades tolerantes a la sequía, la salinidad y el calor”. /PUNTOporPUNTO

Documento Íntegro a Continuación:

https://www.nature.com/articles/s41586-025-09085-w.pdf

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