Por Guillermo del Jesús Padilla Sierra
Enrique Peña Nieto ha sido el presidente más criticado, más insultado y más difamado en la historia moderna de México. No hubo un solo día de su sexenio en que no fuera portada, meme, caricatura o burla nacional. Se burlaron de él durante seis años completos, muchas veces de forma injusta y cruel.
Y aun así, jamás censuró.
Jamás intentó regular las redes sociales. Jamás mandó una iniciativa para decidir qué era verdad y qué era mentira. Jamás exhibió a un periodista en una conferencia oficial. Aguantó todo sin recurrir al autoritarismo.
Esa es la diferencia abismal con el presente.
Hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum usa la Mañanera del Pueblo para exhibir, señalar y descalificar a periodistas. Lo ha hecho con Carlos Loret de Mola, con Ciro Gómez Leyva y con medios como Azteca, diciéndoles que «se creen jueces», acusándolos de ser parte de «una campaña en contra» y burlándose de sus columnas y reportajes.
Con Peña Nieto no había listas negras. No había «mentirosos de la semana». No había derecho de réplica de una hora desde el poder presidencial contra un columnista. Había libertad, aunque esa libertad doliera en Palacio.
Por eso Peña Nieto era un estadista. Entendía la importancia de la relación con el mundo, se rodeaba de tecnócratas y de gente preparada, no de aplaudidores. Respetaba las instituciones y gobernaba con la convicción de que a México le fuera bien, aunque a él le fuera mal en las encuestas.
Pero la historia ya está haciendo su juicio. Y lo que queda claro es esto: Peña Nieto soportó el linchamiento más grande sin intentar callar a nadie. Los que hoy no soportan ni una columna sin salir a atacar, jamás tendrán su estatura democrática. Por eso, nos guste o no, con el tiempo hemos llegado a extrañar al presidente que sí sabía aguantar.























