La paradoja del poder radica en que el hombre sólo concibe el orden cuando renuncia a la justicia por propia mano, pero tiembla cada vez que entrega la espada a quien habrá de protegerlo. La historia patria no es sino la crónica lacerante de ese temor justificado. Cuando una sociedad carece de andamiaje normativo, los gobernantes no administran bienes públicos, sino humores privados, y el gobernado pasa de ser un ciudadano a un rehén de la gracia voluble del jerarca en turno. Frente al abismo del desorden y la tentación del despotismo, las instituciones republicanas no son un lujo doctrinal ni una filigrana forense: son el dique y el único blindaje que torna perdurable el pacto social frente a las pulsiones de la barbarie y el extravío civilizatorio.
Edificar un régimen sobre el carisma personal equivale a sembrar trigo sobre ceniza volcánica. Los caudillos mueren, las simpatías populares mutan con la volubilidad del viento y las pasiones facciosas devoran su propia obra en cuanto la biología o la bala reclaman al líder providencial. La institución, por el contrario, despersonaliza la autoridad, somete la voluntad del gobernante al principio estricto de legalidad y asegura que el poder público sea un instrumento del derecho y no un botín patrimonialista. Sin un entramado institucional con facultades expresas y delimitadas, la administración degenera fatalmente en camarilla y la impartición de justicia se degrada a simulacro cortesano.
Desde la sociología del conflicto resulta incuestionable que la cohesión social no nace de la unanimidad ilusoria, sino de la capacidad estructural de procesar la disidencia y la pluralidad mediante cauces estables. El equilibrio de poderes y el federalismo auténtico son válvulas orgánicas de escape; cuando se suprimen o concentran, la energía de la discordia se acumula hasta reventar las junturas del Estado en forma de anarquía o militarismo. Es allí donde el ordenamiento jurídico adquiere su dimensión cardinal, al transformar las demandas colectivas en reglas abstractas, permanentes e impersonales, sustrayendo el destino de las mayorías del arbitrio de los potentados.
La memoria histórica de México confirma esta premisa con una claridad indeleble. Fue precisamente en los momentos de mayor peligro y amenaza existencial para la patria cuando la clarividencia republicana comprendió que la espada militar resultaba estéril si no se subordinaba a la potestad civil y a las instituciones de la soberanía popular. Cuando el Congreso de Anáhuac se instaló en Chilpancingo en 1813, el generalísimo José María Morelos y Pavón dio la mayor lección de civilidad al deponer el mando de las armas ante la representación de las provincias, prefiriendo el título de siervo del mandato colectivo antes que la púrpura del dictador ilustrado.
Morelos comprendió que la independencia no era simplemente mudar de amos, sino levantar el templo laico de la ley para que moderara la opulencia y la indigencia, extirpara la servidumbre y garantizara que ante el tribunal soberano sólo distinguieran a un ciudadano el vicio y la virtud.
Las instituciones sólidas no son monumentos inertes de piedra, sino la arquitectura viva de nuestras libertades y la articulación de estas instituciones políticas bien diseñadas, un tejido social participativo y, fundamentalmente, de un conjunto de hábitos morales e intelectuales compartidos, serán unos de los principales elementos de la fortaleza de la democracia. Permitir que personajes carentes de preparación, con conductas impropias del servicio público, con actos ajenos a las funciones de Estado o de gobierno y dando prioridad a cuestiones políticas o de un régimen, no serán el augurio de instituciones sólidas o con visión democrática.
Quien pretenda debilitar los contrapesos constitucionales o suplantar la fuerza de los tribunales con la infalibilidad del gobernante condena a la nación al ciclo más amargo de su pasado. El verdadero patriotismo no radica en la aclamación ciega de las voluntades de paso, sino en el respeto riguroso a la ley, la edificación de una administración pública profesional y la defensa irreductible de las instituciones que impiden que el fuerte devore impunemente al débil.
*Es Maestro en Seguridad Nacional por la Armada de México
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