La selva amazónica, el mayor bosque tropical del planeta, dejó de funcionar como escudo contra el cambio climático. Según un estudio publicado en Nature, entre 2010 y 2024 la región liberó en promedio 1.170 millones de toneladas métricas más de dióxido de carbono (CO₂) de las que absorbió cada año.
- Los incendios forestales, en su inmensa mayoría provocados por el ser humano, constituyen la principal fuente de esas emisiones: aproximadamente 1.470 millones de toneladas métricas de CO₂ anuales, una cifra que supera con creces la capacidad de absorción del bosque, estimada en 300 millones de toneladas métricas por año, de acuerdo con el comunicado de la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de São Paulo (FAPESP).
- La investigación, liderada por la científica climática Luciana Vanni Gatti, coordinadora del Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero (LaGEE) del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) de Brasil, se basa en 15 años de mediciones atmosféricas de carbono recopiladas mediante vuelos en avionetas sobre cuatro puntos estratégicos de la Amazonía. El trabajo identifica a las actividades humanas (deforestación, quema de biomasa y degradación forestal) como el factor determinante del desequilibrio.
Para entender qué factores pesan más en la pérdida de carbono amazónico, los investigadores separaron los 15 años del estudio en tres categorías. Compararon qué tenían en común esos años en términos de lluvia, temperatura, cuánto bosque se taló, cuánta superficie se quemó y si fenómenos oceánicos como El Niño o el calentamiento del Atlántico Norte Tropical estuvieron presentes.
- El grupo 1 (2011–2014, 2017 y 2018) reúne los años más lluviosos y con menor intervención humana. En esas condiciones, la selva funcionó casi en equilibrio: emitió apenas unas 110 millones de toneladas métricas de carbono por año, una cifra modesta que reflejaba un ecosistema aún capaz de compensar gran parte de lo que perdía. De hecho, el bosque todavía lograba absorber el 64% de lo que los incendios liberaban.
El panorama cambió de forma drástica en el grupo 2 (2019–2022). Aunque el clima no impuso condiciones extremas, la mano humana sí lo hizo: la tasa anual de deforestación se duplicó (creció un 97%) y el área quemada aumentó un 25% respecto al grupo anterior. El resultado fue que las emisiones se multiplicaron casi por cuatro, hasta alcanzar unas 430 millones de toneladas métricas de carbono por año.
“El problema en la Amazonía es la actividad humana. Perdemos el bosque porque el modelo de desarrollo de la región se basa en la destrucción”, afirmó Gatti en declaraciones recogidas por FAPESP.
- El grupo 3 (2010, 2015, 2016, 2023 y 2024) representa el peor escenario: años cálidos y secos en los que fenómenos globales como El Niño y el calentamiento del Atlántico Norte Tropical secaron aún más la selva y la volvieron especialmente vulnerable al fuego.
Las emisiones llegaron a su punto más alto, cerca de 490 millones de toneladas métricas de carbono por año, y la superficie quemada creció un 92%. Pero quizás el dato más revelador es que apenas el 1,6% y el 1% de los incendios forestales en 2023 y 2024 respectivamente fueron provocados por rayos. El resto (prácticamente la totalidad) tuvo origen humano.
Vuelos en avioneta permitieron rastrear el carbono amazónico
Para obtener estos resultados, el equipo científico realizó 1.017 mediciones a lo largo de 15 años en cuatro puntos de la Amazonía que, en conjunto, cubren casi toda la región. En cada vuelo, las aeronaves descendieron en espiral desde 4,4 kilómetros de altura hasta cerca del suelo y recogieron muestras de aire en 12 altitudes distintas. Esas muestras se analizaron luego en el Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero (LaGEE) del INPE, en São José dos Campos, Brasil.
- Los investigadores cruzaron esas mediciones de CO₂ y monóxido de carbono (CO) con datos de deforestación del programa PRODES del INPE, registros de incendios, lluvias, temperatura del aire y temperatura de la superficie del mar. No es la primera vez que este método arroja señales de alarma: el mismo equipo, liderado por Gatti, ya publicó tres estudios en Nature (en 2014, 2021 y 2023) que advirtieron que el bioma dejaba de absorber carbono y empezaba a liberarlo.
Los datos climáticos acumulados a lo largo de 46 años confirmaron cambios drásticos en la región. Las lluvias anuales cayeron un 8%, y en los meses más secos (de agosto a octubre) la reducción llegó al 20%. Al mismo tiempo, la temperatura media anual subió 1,13 °C, y en la temporada seca el aumento fue de casi 1,8 °C. “Esto genera un enorme estrés sobre el bosque remanente”, señaló la investigadora.
Frenar los incendios y la deforestación es la única vía para evitar un punto de no retorno
El estudio subraya que, tras descontar las emisiones por incendios, la Amazonía absorbe una cantidad de CO₂ casi equivalente a la que libera de forma natural en los tres grupos de años analizados. El intercambio neto del bioma (la diferencia entre lo que el ecosistema absorbe mediante fotosíntesis y lo que emite por descomposición) se mantuvo cercano a cero. Esto indica que las emisiones no provienen del bosque en sí, sino de la acción humana que promueve los incendios.
De acuerdo con Gatti, “si no fuera por La Niña, las emisiones en los años del grupo 2 podrían haber sido peores”. Ese fenómeno, que enfría las aguas ecuatoriales del Pacífico, impulsó una mayor absorción de carbono durante la temporada húmeda y compensó el 75% de las emisiones de la estación seca.
- El año 2024 registró las emisiones más altas de todo el período: unas 810 millones de toneladas métricas de carbono, más de seis veces por encima del promedio del grupo 1. Fue también el más caliente, el más seco y el más degradado por el fuego en dos décadas: las temperaturas anuales superaron en 1,2 °C las del grupo 1 y la precipitación cayó 462 milímetros. El área quemada fue un 182% mayor.
Los autores concluyen con un llamado urgente: implementar una política de deforestación cero, reforzar los controles sobre la quema de biomasa y priorizar programas de restauración forestal para impedir que la región alcance un punto de inflexión: un umbral a partir del cual el bosque pierde la capacidad de sostenerse y recuperarse.
La advertencia cobra relevancia ante los más de 41.200 focos de incendio detectados en la Amazonía brasileña en menos de 10 meses de 2026, una cifra que ya se acerca a los 43.130 registrados en todo 2025.
La deforestación en la Amazonía está enfermando a millones
La deforestación en la Amazonía no solo destruye bosques y biodiversidad: también está enfermando a millones de personas.
- Un estudio publicado en Nature Communications Earth & Environment reveló que entre 2001 y 2019 se registraron más de 28 millones de casos de males respiratorios, cardiovasculares y zoonóticos en ocho países amazónicos, con Perú, Venezuela y Surinam entre los más afectados.
- Según el reporte, difundido por Ojo Público, la fragmentación del bosque a causa de la tala indiscriminada y los incendios ha incrementado la exposición de comunidades enteras a contaminantes tóxicos (PM2.5) y a vectores de enfermedades como mosquitos y patógenos que migran al perder sus hábitats.
- El informe detalla que el 80,3 % de los casos estuvo relacionado con enfermedades respiratorias y cardiovasculares ligadas al humo de los incendios. Brasil encabezó los niveles de contaminación por material particulado fino con 45 toneladas por año por metro cúbico, seguido de Perú (7,21) y Bolivia (6,33).
Los investigadores advierten que estas partículas pueden viajar más de 500 kilómetros, impactando a poblaciones que ni siquiera viven cerca de los focos de incendio.
- La exposición está asociada con asma, bronquitis crónica, cáncer de pulmón, derrames cerebrales y afecciones cardíacas.
- La pérdida de hábitat ha disparado la expansión de enfermedades zoonóticas como la leishmaniasis cutánea, que representaron 20 % de los casos registrados en la región.
- Al desplazarse hacia los asentamientos humanos, insectos y animales transmiten males que antes permanecían contenidos en el bosque.
El costo humano de la deforestación
Este costo humano de la deforestación no se reduce a estadísticas; detrás de cada número hay comunidades enteras vulnerables al calor extremo, niños, adultos mayores y trabajadores rurales expuestos a un clima cada vez más hostil.
- El impacto se concentra en zonas tropicales densamente pobladas, donde el dosel arbóreo ya no regula la temperatura ni aporta la humedad necesaria. Lo que alguna vez fue protección natural, hoy se convierte en una amenaza invisible.
Regiones críticas: los trópicos en riesgo
El sudeste asiático encabeza la lista de regiones más afectadas, acumulando más de la mitad de las muertes registradas.
La combinación de altas densidades poblacionales y deforestación masiva ha creado un círculo de vulnerabilidad que no deja espacio para la resiliencia.
- En África tropical, alrededor de un tercio de las muertes vinculadas al calor extremo responden al mismo patrón: tala indiscriminada, incendios recurrentes y un ecosistema debilitado.
- América Central y del Sur, con el Amazonas como emblema, enfrenta el mismo dilema. A medida que se amplían las fronteras agrícolas, las comunidades rurales son quienes primero pagan el precio con su salud y su vida.
El vínculo entre agricultura y mortalidad
El profesor Dominick Spracklen, de la Universidad de Leeds, ha señalado con claridad: “la deforestación mata”. Su advertencia no se limita al ámbito ambiental, sino que apunta directamente a la relación entre agricultura industrial y vidas humanas.
- El caso de Mato Grosso, en Brasil, es un ejemplo paradigmático. Allí, la deforestación masiva para cultivar soja no solo transforma el paisaje, sino que incrementa la exposición al calor para miles de agricultores y familias.
- Paradójicamente, mantener el bosque en pie no solo protege vidas, sino que asegura la productividad agrícola a largo plazo. Los árboles regulan las lluvias, refrescan el ambiente y permiten que la tierra siga siendo fértil.
Un enemigo invisible: el calor extremo
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es que 2.6 millones de personas estuvieron expuestas a un incremento adicional de hasta 3 °C debido únicamente a la deforestación. No hablamos de un fenómeno global abstracto, sino de un cambio térmico directo y letal.
- Este calor añadido genera enfermedades relacionadas con golpes de calor, deshidratación, problemas respiratorios y cardiovasculares. Los más vulnerables son quienes tienen menos recursos para protegerse, como trabajadores agrícolas o habitantes de viviendas precarias.
Así, el costo humano de la deforestación se traduce en sufrimiento tangible, donde el clima deja de ser un factor ambiental y se convierte en un determinante social de la salud./PUNTOporPUNTO
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