LA CORRUPCIÓN PUEDE ESPERAR

La corrupción es uno de los principales problemas no sólo en nuestro país sino en el mundo entero. Con excepción de Dinamarca, Finlandia, Suecia, Nueva Zelanda y una docena de países más, el fenómeno es preocupante. Corromper, establece la Real Academia, es alterar y trastocar la forma de algo, echar a perder, depravar, dañar o pudrir algo. No solamente es corrupto el servidor público que acepta regalos como signo de gentileza por el servicio prestado y al cual estaba obligado; o el que utiliza la posesión de información privilegiada en favor de intereses perversos; o el que ocupa cargos privados en empresas que antaño fueron favorecidas por decisiones públicas tomadas precisamente por él. También en la iniciativa privada existen, por ejemplo, médicos cuyo afán no es la salud de sus pacientes, sino el beneficio obtenido a partir de lucrativos y erróneos diagnósticos.

De cualquier modo, la corrupción tanto pública como privada es un fenómeno que ha dañado a las sociedades en las diferentes etapas históricas. Los teóricos afirman que el grado de corrupción de un país es muy distinto en países desarrollados y subdesarrollados. En los primeros, de presentarse, se realiza en los niveles altos de gobierno, a diferencia de los países subdesarrollados, en donde la corrupción es generalizada e infecta al Estado como tal. La diferencia estriba en el castigo penal esperado pero, particularmente, en la sanción social y familiar que culturalmente se recibe.

Por ello no es de sorprender que, por los intereses afectados, en la lucha contra la corrupción y particularmente la Iniciativa 3 de 3, los legisladores han decidido que son temas que pueden esperar y, de avanzar -ante la necedad de la opinión pública-, la redacción final de la norma se convierta en letra muerta.

 

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