RIP… descanse en paz el PRI

Ante el peor resultado electoral de su historia, la debacle del otrora invencible Partido Revolucionario Institucional (PRI) sólo se explica por la involución del mal llamado Partido en el Poder, que termina sucumbiendo a los excesos de la Presidencia Imperial y la ambición de sus caciques regionales, al pasar de la dictadura perfecta al cinismo manifiesto de la clase gobernante.

Desde su fundación por Plutarco Elías Calles como una forma de acotar el caudillismo posrevolucionario, el tricolor fue la fórmula perfecta para adocenar y emplear a los adversarios, bajo el dominio absoluto de las masas; tiempo después es refundado por Lázaro Cárdenas del Río como Partido de la Revolución Mexicana (PRM), y es Manuel Ávila Camacho quien le dio su actual denominación.

Desde su creación, el PRI fue partido atrapa-todo, según tesis de Maurice Duverger, con un jefe máximo, el Presidente de la República, quien tenía sobre él control omnímodo, con derecho a opinar (dar línea) y modificar los estatutos que le dieron nueva vida el 4 de marzo de 1929, y que sostenía como base fundacional: “mantener una disciplina férrea de sostén al orden legal”.

Ese conglomerado gobernó durante 70 años consecutivos, a través de una incipiente paz social que si bien permitió el modesto desarrollo de México, también fue el asidero de las ambiciones de sus líderes en turno. Hubo avances y progreso cierto, pero a costa del sacrificio de la democracia y las libertades de las mayorías, quienes por décadas estuvieron sometidas a una especie de esclavitud moderna.

Nada ni nadie por encima del Jefe Máximo, la raquítica oposición si al caso, abanderada por el Partido Acción Nacional (PAN) fundado por Manuel Gómez Morín, leal al Maximato. El blanquiazul nació como partido pragmático que incubaba el huevo de la serpiente empresarial, en aras de menguar “el delirante socialismo”, de líderes posrevolucionarios como Lázaro Cárdenas.

Con el Tata, se emprendió una revolución social inconclusa, pues apenas terminó su Presidencia Imperial brotaron los insurrectos y se desató la cacería de brujas sexenal, imponiéndose la visión personal del tlatoani en turno; el poder y la ideología del partido pasaba de unas manos a otras y se consolidaba como instrumento de poder el Jefe del Ejecutivo reinante. El PAN empezaba a medrar el poder en espera de su turno.

Así llegó la era neoporfirista de Miguel Alemán Valdez, surgido de la burguesía, y primer peldaño civil del poder posrevolucionario que abriría el camino, décadas después, a los tecnócratas neoliberales que todo negocian, roban y se sirven de los bienes de la Nación, concesionan a privados los recursos naturales, relegan o ceden los servicios que debe proporcionar el Estado, y todo ello aras de una lógica utilitaria y gananciosa de la que se sirven con fruición.

El PRI también tiene en su haber histórico algunos connotados mexicanos, los menos, que impulsaron cambios desde el poder, como Lázaro Cárdenas del Río quien nacionalizó el petróleo y Adolfo López Mateos quien hizo lo propio con la Energía Eléctrica, y otros como Jesús Reyes Heroles, cuya obra escrita y pragmatismo político fueron guía y luz para la corriente democrática que se escindiría del tricolor para formar el PRD, cuna de Morena.

El PAN arribó al poder en el 2000 y tras 12 años de un ejercicio presidencial corrupto, superfluo y trasnochado, el priismo cobró revancha en 2012 haciendo efectivo aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer” y optó por un líder del “rancio abolengo mexiquense”, integrante del Grupo Atlacomulco, arrastrando viejas y caducas prácticas como el autoritarismo salvaje, los excesos palaciegos y desdén por la militancia.

Enrique Peña Nieto nunca entendió el papel fundamental que jugaba para reposicionar a su partido, pues su accionar frívolo y de arcas abiertas pronto representó lo más repudiado de la sociedad que se manifestó en las urnas del 2000; el salvador de la patria y gran reformista, pronto convirtió su administración en agencia de colocaciones de los amigos que se despacharon con la cuchara grande en eso de saquear a la nación.

Irrespetuoso de los documentos básicos de su partido, Peña Nieto se dedicó a mal gobernar y a entregar los recursos nacionales a las grandes empresas transnacionales; así se lo ordenaron los centros de poder y así lo operó su voraz asesor Luis Videgaray, llevando a México a una descomunal deuda externa que asciende a más de 10 billones 58 mil 766 millones de pesos, algo así como el 52.7% del Producto Interno Bruto (PIB).

Los escándalos de corrupción en vez de ser combatidos se trastocaron en cinismo gubernamental y en crímenes de lesa Patria. Enrique Peña Nieto no sólo solapó la podredumbre, sino que fue actor principal. En la pasada elección presidencial hizo de todo lo que estuvo a su alcance para arruinar al candidato opositor que anunciaba que podría “meterlo a la cárcel”.

La realidad hoy es que el PRI perdió la Presidencia, 14 gubernaturas, la mayoría en el Congreso de la Unión y en las Cámaras locales, así como en las presidencias municipales; el priismo perdió hasta en sus bastiones como el EdoMex donde solo ganó 23 de 125 alcaldías, por ello muchos priistas claman: refundarse o morir, pero Claudia Ruiz Massieu SALINAS sólo garantiza más de lo mismo… nepotismo.

Así, todo indica que el otrora poderoso PRI, murió el uno de julio de 2018 de un ataque congénito de corrupción agravada!!!

Twitter@Armando_Alcocer

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