Pánico que Mata

Por: Blanca Sánchez Flores

Mira Adriana el bicho es impredecible, de repente te vuelve a atacar, cuándo crees que lo has vencido, te hiere como dardo incendiario…

Ahora, nuevamente fármacos, otra vez los cuidados que de hecho no se han reducido. A ese bicho lo tenemos que sofocar.

¿Qué hacer cuándo una familia integrada por cuatro miembros, tres de ellos fueron atacados por el Covid-19, el jefe de familia, la esposa y la hija? Curiosamente, el abuelo, el más vulnerable, se salvó de contraerlo.

Hablar por detrás de las puertas amiga, no ha sido fácil. El cubre bocas selló nuestros labios, borró nuestra sonrisa, aprisionó nuestros gritos, saboteó nuestros sueños y sin embargo es quien nos protege.

Verme en el espejo cada mañana y no reconocerme me condena al estremecimiento, esos ojos rojos y tristes, no son los míos, pero, soy el hombre de la casa, el proveedor, el fuerte, el que guarda en lo más profundo sus lágrimas para no quedarse deshidratado, seco, quebrado y a merced del COVID-19…

Papá es el único, que, pese a su avanzada edad, no se contagió, quizá el bicho resbaló por esas arrugas marcadas en la frente, en sus brazos, en su sonrisa; ahora solamente lo vemos a través de una ventana y aunque sonríe, yo sé que llora porque está solo, atrapado en ese cuarto de cuatro por cuatro y un pequeño baño.

El viejo tiene un catre, una mesa y silla de madera, un plato, un vaso, una cuchara y mucha, mucha soledad.

Por la mañana temprano toca la ventana y quien de nosotros esté mejor, se levanta a saludarlo.

Levanta su temblorosa mano como paloma herida y saluda.

Sonríe con esa sonrisa que lacera la entraña y manda besos y bendiciones.

A veces podemos comunicarnos por watsap, una vecina le presta el celular y rompe en llanto al escucharnos.

Los vecinos generosos nos traen comida, agua, algo de dinero y medicinas que dejan afuera, en la entrada, y esperamos a que se alejen para salir por sus donativos.

Quien menos mal se sienta cocina, pero a veces no comemos, ninguno puede, el bicho es muy cabrón. ¡El pánico te mata!

Dios nos ha cobijado, el malévolo COVID, dejará su marca tatuada en mi mente y este año 2020, será inolvidable y no por generoso.

El bicho está al acecho, te sabe vulnerable y se frota las manos esperando que salgas, que te de un airecito y será su estocada final.

Te quiere entre sus números, se regocija al ver los ataúdes y se sabe o se cree invencible.

Confieso que he visto a la muerte rondando mi casa, no sé si está triste o feliz, pero le teme al enemigo, ella también usa cubre bocas y de los finos, seguro está palanca con algún laboratorio…

Ahora solamente puedo esperar que esta mano que aprisiona mi garganta y la de mis queridas mujeres nos deje libres.

Anhelo estar sentado en la Alameda central con un helado de limón, contemplando la estatua de Benito Juárez y ver como el sol ilumina su cara morena.

También deseo saber que esto que pasó sea una pesadilla de la que quiero despertar y volver a ver a los novios besarse, a los niños gritar, a los policías sonar sus silbatos y recobrar la salud y la paz que tanta falta nos hace.

Trataré de dormir un poco, anoche, el ahogo y la fiebre nuevamente me atacaron, y ella, la muerte, me daba palmaditas en la espalda…

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6 COMENTARIOS

  1. Es una cruda realidad y te hace pensar en que aún debemos tener muchas precauciones para no contagiarnos ni contagiar a nadie. Hermosa crónica a pesar de triste tema

  2. Me parece crudo y revelador estés relato sobre un tema tan actual. Retrata la tristeza y desolación ante ese enemigo invisible, que acecha pero no es invencible

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