Por FRANCISCO RODRÍGUEZ
El rompimiento de López Obrador con el recién fallecido Cuauhtémoc Cárdenas muy probablemente se dio luego de la difusión de un reportaje publicado por aquel otro Reporte Índigo, en el que la periodista Anabel Hernández revisó cables de la embajada de Estados Unidos en México divulgados por WikiLeaks.
Uno de ellos, identificado como 06MEXICO6867 y fechado el 11 de diciembre de 2006, describía una reunión sostenida días antes entre funcionarios diplomáticos y Cárdenas, entonces una de las figuras morales del Partido de la Revolución Democrática.
De acuerdo con la interpretación periodística de ese documento, los funcionarios estadounidenses buscaban conocer su perspectiva sobre los acontecimientos que desembocaron en la toma de posesión de Felipe Calderón, ocurrida en medio de las impugnaciones de Andrés Manuel López Obrador y de las denuncias de fraude electoral.
El cable atribuía a Cárdenas críticas contra las acciones de protesta de López Obrador, incluido el campamento instalado durante semanas en el Zócalo y en una de las principales avenidas de la Ciudad de México.
También señalaba que Cárdenas habría considerado que esas acciones perjudicaban la imagen del PRD y que otorgaba a Calderón el beneficio de la duda.
La existencia del cable y su contenido fueron presentados por la colega Hernández como indicios de la atmósfera política de aquellos meses, luego de la toma del Paseo de la Reforma por AMLO y sus seguidores.
Ese episodio mostró un rostro de Cárdenas que pocos habíamos visto públicamente. El dirigente que alguna vez encarnó la inconformidad democrática parecía, en esa coyuntura, distante de la movilización que había llevado a su propio partido a convertirse en una fuerza nacional.
¿Se trataba de una diferencia estratégica? Es difícil afirmarlo sin convertir una hipótesis en certeza. Lo que sí resulta evidente es que la figura de Cárdenas no puede reducirse a una sola etapa de su trayectoria. En ella conviven el dirigente que desafió al partido oficial, el candidato que encabezó una ruptura histórica y el político que, en momentos posteriores, adoptó posiciones críticas frente a movimientos surgidos de su propia tradición.
La elección de Michoacán de 2011 volvió a poner esas tensiones bajo los reflectores. Se denunciaron prácticas como el presunto estrangulamiento presupuestal de la administración de Leonel Godoy y una campaña negativa contra el candidato priista Fausto Vallejo. También se cuestionaron los apoyos oficiales y oficiosos recibidos por Luisa María Calderón, mientras las encuestas la ubicaban en el segundo lugar.
En medio de ese escenario, el candidato perredista Silvano Aureoles buscaba abrirse paso con el respaldo de Cárdenas. La contienda evidenciaba, una vez más, que la política michoacana -como la nacional- seguía marcada por alianzas cambiantes, acusaciones cruzadas y profundas disputas por la legitimidad.
Y de ahí en adelante, las tensiones entre AMLO y Cárdenas crecieron.
Cárdenas en mi memoria
Permítaseme un recuerdo personal:
Durante mi adolescencia veía de vez en vez al joven ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas al entrar o salir de la casona de la calle del Sabino, en Santa María la Ribera, que alguna vez fue solar de su familia.
Años más tarde, cuando él ya era candidato al gobierno de Michoacán, conversé por primera vez con él durante un desayuno en un hotel del Paseo de la Reforma. Era alrededor de 1977 y Cárdenas, hijo del general Lázaro Cárdenas y de Amalia Solórzano, comenzaba a consolidar su propia trayectoria pública.
Cuando fungió como gobernador de Michoacán, cuestioné desde el periodismo algunas de sus medidas, en particular aquellas de corte moralista, como el cierre de cantinas. Sin embargo, cuando dejó el cargo, observé con simpatía el surgimiento de la Corriente Democrática que fundó dentro del Partido Revolucionario Institucional junto con Porfirio Muñoz Ledo y otros militantes, entre ellos Beatriz Paredes y Fernando Gutiérrez Barrios, quienes finalmente se apartaron del movimiento.
Me indignó, por supuesto, la expulsión de Cárdenas del entonces partido oficial. El PRI mostró torpeza política al no saber procesar una disidencia interna que expresaba el descontento de amplios sectores de la sociedad. La ruptura no fue un episodio menor: abrió una grieta en el sistema político mexicano y dio paso a una nueva etapa de organización opositora.
Su primera campaña presidencial, en 1988, fue memorable. Cárdenas logró articular el malestar de millones de mexicanos inconformes con el manejo de la economía durante el gobierno de Miguel de la Madrid y con la candidatura de su sucesor, Carlos Salinas de Gortari. Para muchos ciudadanos, su movimiento representó una vía de escape y la posibilidad de democratizar la toma de decisiones.
El resultado oficial de aquella elección fue cuestionado desde el primer momento. Por la tarde de esa jornada comicial tuve acceso a cifras preliminares que, según publiqué entonces, mostraban una ventaja de Cárdenas en numerosas entidades del país, entre ellas Baja California, Michoacán y el Estado de México. Los gobernadores de esos estados dejarían sus cargos meses después, en un contexto político marcado por fuertes tensiones y por la recomposición del poder presidencial.
De aquellos días conservo, sobre todo, la imagen de un gesto patriótico y humanitario. En 2011, al recibir la Medalla Belisario Domínguez, la máxima presea cívica que otorga anualmente el Senado de la República, Cárdenas fue reconocido también por su actuación durante la crisis poselectoral de 1988. En particular, se recordó su esfuerzo para impedir que los miles de manifestantes reunidos en el Zócalo marcharan contra el Palacio Nacional, donde existía el temor de una respuesta militar.
Su intervención contribuyó a contener una posible escalada de violencia. En una coyuntura marcada por la desconfianza y la confrontación, Cárdenas optó por evitar una tragedia. Ese es el Cárdenas grande que recuerdo: el dirigente capaz de anteponer la prudencia y la responsabilidad pública a la lógica de la provocación.
Las que López Obrador tenga de él, hipócritamente plasmadas en un post en las redes sociales, son irrelevantes.
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@pacorodriguez
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