Sismo

El día de ayer por la mañana se registró en México un sismo de magnitud 7.5 grados en la escala de Richter, con epicentro en el sureste de Oaxaca, el cual afectó a esa entidad y el centro del país, sin graves daños; al momento se tiene conocimiento de dos defunciones por este fenómeno y daños menores en inmuebles. PEMEX informó sobre un incendio en la Refinería de Salina Cruz, que habría causado la magnitud del sismo y que fue controlado; la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos emitió alerta de riesgo de tsunami para el país y Centroamérica, alerta que quedó sin efecto con el transcurso del día. Sin duda un buen susto.

A mi generación le ha tocado atestiguar los sismos de 1985 y 2017; en ambos casos nos asombramos por la respuesta social ante el desastre, miles de personas sumadas a las tareas de rescate ha sido la actitud frente estas tragedias. En el terremoto de 1985 no existió, por extraño que parezca, una cifra oficial de decesos, pero se calcula que fueron más de diez mil, como resultado de un sismo de magnitud de 8.1 grados Richter; en el de 2017 la cifra de víctimas fatales ascendió a más de 300, en un sismo de 7.1 grados en la misma escala, estos datos corresponden solo al entonces Distrito Federal y a la Ciudad de México.

Si bien la constante en estos dos desastres naturales ha sido la sorprendente respuesta de la gente, los avances en materia de prevención de riesgos es considerable, nos hemos dotado, al menos en la Ciudad de México, de normatividad rigurosa para la construcción de edificios, espacios públicos y lugares de alta concurrencia, así como se ha fortalecido la cultura de la participación con simulacros que promueven la conciencia sobre estos fenómenos; existen en la capital del país altavoces que propagan la alerta sísmica que ayudan a percatarnos anticipadamente de movimientos telúricos, entre otras cosas.

Hace unos días se registró también, en el Valle de México, fuertes lluvias que afectaron distintas zonas sin mayores consecuencias; sin duda, este tipo de eventos naturales que nos plantean retos en materia de infraestructura, cultura y políticas públicas.

Es innegable que tenemos avances en materia de resiliencia, no obstante, siempre es pertinente una revisión de nuestros estándares de protección civil, para elevarlos a escalas que son aceptables internacionalmente y que han funcionado en otros países; la oportunidad que tenemos en este momento, dada la conciencia que hay de que estos fenómenos son recurrentes y quizá más intensos, la debemos hacer tangible mediante procesos políticos, legislativos, culturales, sociales y económicos para afrontarlos. No perdamos ésta oportunidad, pues, como diría un entrañable amigo, “Aquí Volverá a Temblar”.

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