En la antigüedad, la soberanía podría ser definida como «el poder absoluto y perpetuo de una república» que era ejercido por un soberano, llámese rey o monarca. Se trataba de un poder perpetuo y absoluto como el elemento unificador e indispensable de la República que permitió la superación del orden feudal y la creación del Estado moderno.
Ese poder soberano surge cuando una multitud de hombres decide escapar de la condición de guerra natural, en el que, para lograrlo pactan entre sí conferir todo su poder y fortaleza a un solo hombre o a una asamblea de hombres, transfiriendo su derecho natural a gobernarse a sí mismos, para reducir todas sus voluntades a una sola persona y quien asume la titularidad de esta representación absoluta se denomina soberano, mientras que todos los demás individuos pasan a ser sus súbditos.
Hasta que finalmente surge la idea de que el poder nace del pueblo y quienes gobiernan no son dueños ni amos de esa soberanía, sino que el gobierno es solo un cuerpo intermediario y sus miembros son servidores públicos encargados de ejecutar las leyes que el pueblo dicta.
Por lo tanto, todo verdadero acto de soberanía es siempre un pacto del pueblo, con cada uno de sus individuos y el fin supremo de la soberanía es procurar la paz, la defensa y la seguridad del pueblo.
En la modernidad que vivimos hoy en día, mediante el sufragio libre, directo, universal y secreto, la ciudadanía con su voto al elegir gobernantes cede una parte de esa soberanía para que en nombre de los ciudadanos ejerza algunas funciones que difícilmente puede realizar en lo individual cada uno de los ciudadanos.
Sin embargo, al ceder con su voto esa parte de soberanía no quiere decir que la ciudadanía pierde esa capacidad soberana, sólo la transmite de manera temporal a quien considera que puede solucionar problemas comunes como, por ejemplo, la seguridad.
La invocación a la soberanía que señala la presidenta Sheinbaum se quiere referir a los principios políticos y el bienestar del pueblo frente a cualquier intento de injerencia externa o presión de grupos ligados al antiguo régimen, específicamente en la crisis con el gobierno de Estados Unidos a propósito de la orden de detención sobre el gobernador de Sinaloa y otros servidores públicos.
Hoy la narrativa de la soberanía en el mensaje político es insuficiente y no supera las diversas crisis de inseguridad presentadas en Guerrero, Michoacán o Sinaloa.
Sin embargo, el discurso oficial es escaso e incompleto, si el Estado mexicano sigue cediendo el control interno y permitiendo que el crimen organizado actúe como un segundo gobierno en zonas o regiones en el país, en donde se impone su voluntad y su poder sobre la ciudadanía.
Entre la soberanía y la seguridad existe un entramado de articulación, tanto a nivel interno con la protección de los ciudadanos y sus derechos, como a nivel externo mediante la supervivencia y defensa del Estado.
Cuando se desprenden los mecanismos institucionales de articulación o la acción de la delincuencia es superior a la autoridad de gobierno, surgen disfuncionalidades en la seguridad que comprometen la gobernabilidad.
Por estas razones es que lo que verdaderamente está en juego con el ejercicio de la soberanía y su relación con la seguridad es, la democracia y la integridad territorial del país.
*Es Maestro en Seguridad Nacional por la Armada de México
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